El líder que no puede pensar

Existe una paradoja que observo con frecuencia en las organizaciones: esperamos que nuestros líderes piensen estratégicamente, anticipen escenarios, gestionen la incertidumbre y tomen buenas decisiones, mientras construimos entornos de trabajo que muchas veces dificultan, precisamente, esas capacidades. Agendas saturadas, reuniones consecutivas, interrupciones permanentes, cambios de prioridades y una cultura de disponibilidad constante forman parte de la vida cotidiana de muchos equipos directivos.

Frente a esto, solemos interpretar los problemas de liderazgo desde una perspectiva conductual: alguien necesita mejorar su gestión del tiempo, aprender a priorizar, delegar más o desarrollar inteligencia emocional. Sin embargo, existe una pregunta anterior que rara vez hacemos: ¿en qué condiciones está funcionando el cerebro de esa persona mientras lidera?

Esta pregunta cambia la conversación.

Un líder puede tener experiencia, conocimientos y una enorme capacidad profesional y, aun así, tomar decisiones de menor calidad cuando se encuentra sometido de manera sostenida a estrés y sobrecarga cognitiva.

Las neurociencias nos muestran que nuestro funcionamiento cognitivo es sensible al contexto fisiológico y emocional en el que nos encontramos. El estrés no es necesariamente negativo: cierta activación puede ayudarnos a movilizar recursos, focalizar la atención y responder frente a una demanda. El problema aparece cuando esa activación deja de ser puntual y se convierte en el estado desde el cual trabajamos habitualmente.

Bajo condiciones de estrés elevado pueden verse afectados procesos fundamentales para el liderazgo, como la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva, la atención y el control ejecutivo. Esto resulta especialmente relevante cuando las decisiones requieren analizar información, considerar alternativas y anticipar consecuencias.

Por eso, no todo comportamiento que interpretamos como impulsividad, falta de criterio o dificultad para escuchar necesariamente responde a una carencia de habilidades. En determinadas circunstancias, puede ser la expresión de un sistema cognitivo trabajando bajo una demanda excesiva.

Cuando hablamos de liderazgo, entonces, no basta con preguntarnos qué sabe hacer una persona. También necesitamos comprender desde qué estado está intentando hacerlo.

Pensemos en un líder que comienza la jornada revisando mensajes, entra a una reunión tras otra, debe resolver un conflicto inesperado y recibe, entre medio, una decisión estratégica que requiere análisis y perspectiva.

Probablemente esté trabajando mucho. Pero trabajar mucho y pensar bien no son necesariamente lo mismo.

Las funciones que necesitamos para liderar en contextos complejos, detectar patrones, anticipar consecuencias, inhibir respuestas impulsivas, considerar alternativas y cambiar de perspectiva, requieren recursos cognitivos. Cuando estos recursos están permanentemente ocupados procesando interrupciones y urgencias, queda menos espacio para el pensamiento profundo.

Por eso, necesitamos ampliar la conversación sobre gestión del tiempo hacia una conversación sobre gestión de la capacidad cognitiva. No se trata de eliminar la presión inherente al liderazgo, sino de comprender que una organización también puede sobrecargar el sistema cognitivo de sus líderes y terminar deteriorando aquello que más necesita de ellos: su capacidad para pensar.
En el mundo organizacional existe una enorme valoración por la rapidez. Se espera que los líderes respondan, resuelvan y decidan rápidamente. En una crisis, esa capacidad puede ser indispensable. Pero no todas las decisiones son emergencias.

Una de las diferencias entre reaccionar y liderar consiste precisamente en poder distinguir cuándo necesitamos velocidad y cuándo necesitamos perspectiva. Una decisión estratégica puede requerir detenerse, ampliar la información disponible, considerar alternativas y tolerar temporalmente la incertidumbre.

Cuando operamos permanentemente en modo urgencia, corremos el riesgo de utilizar el mismo patrón para situaciones que requieren procesos cognitivos diferentes. Resolver rápido puede sentirse más cómodo que analizar profundamente, especialmente cuando existe presión por mostrar resultados.

Por eso, una competencia fundamental del liderazgo contemporáneo no es solamente aprender a decidir mejor, sino desarrollar la capacidad de reconocer el estado desde el cual estamos decidiendo.

Esta perspectiva cambia la manera en que entendemos la autorregulación. No se trata simplemente de mantener la calma, sino de reconocer nuestros estados internos y modular nuestra respuesta para actuar de acuerdo con nuestros objetivos.

Un líder puede recibir una noticia inesperada y experimentar una reacción inmediata de irritación. La diferencia está en qué ocurre después: si esa reacción determina automáticamente su conducta o si existe suficiente capacidad de regulación para hacer una pausa, interpretar la situación y responder de manera estratégica.

Esto importa porque el estado del líder también forma parte del contexto en el que funciona el equipo. Un líder permanentemente reactivo puede contribuir a instalar urgencia y tensión; uno capaz de regularse puede ayudar a crear condiciones de mayor claridad, incluso cuando la situación es difícil.

Por eso, formar líderes no debería consistir únicamente en entregar herramientas y comportamientos observables. También necesitamos ayudarlos a comprender qué ocurre cuando están bajo presión y cómo recuperar capacidad de respuesta.

Aquí aparece una consideración fundamental: no podemos utilizar las neurociencias para trasladar toda la responsabilidad al individuo.
De poco sirve enseñar autorregulación a los líderes si después los mantenemos inmersos en culturas basadas en hiperconectividad, urgencia permanente y disponibilidad constante. La solución también está en cómo diseñamos el trabajo.

¿Cómo estructuramos nuestras reuniones? ¿Cuántas interrupciones introducimos innecesariamente? ¿Cuánto tiempo dejamos realmente disponible para pensar? ¿Qué decisiones necesitan una respuesta inmediata y cuáles podrían beneficiarse de mayor deliberación?
Estas no son preguntas de bienestar separadas del negocio. Son preguntas sobre la calidad del pensamiento que una organización está produciendo.

Después de más de una década trabajando en neurociencias aplicadas y acompañando procesos de formación y transformación en organizaciones, cada vez estoy más convencida de que el desafío no consiste en construir líderes capaces de soportarlo todo.
Consiste en formar líderes capaces de comprender cómo funcionan bajo presión y de diseñar mejores condiciones para pensar, decidir y relacionarse. Porque una organización puede tener líderes brillantes y, aun así, estar deteriorando silenciosamente su capacidad de pensamiento.

El liderazgo del futuro necesitará personas capaces de pensar con claridad en medio de la complejidad, reconocer cuándo su propio funcionamiento está siendo afectado por el contexto y crear las condiciones para que sus equipos también puedan hacerlo.
Ahí es donde las neurociencias dejan de ser un conocimiento fascinante sobre el cerebro y se convierten en una herramienta concreta para el liderazgo.

Sobre el autor

Cynthia Hurtado-Müller