La visibilidad de las mujeres

Cultivemos nuestra marca personal

Tanto las estadísticas como las historias reales que conocemos nos dicen que las mujeres profesionales sufrimos y sufriremos más intensamente las consecuencias del cambio radical provocado por el COVID-19. Uno de los peligros es que las mujeres perdamos visibilidad con el trabajo remoto y la disminución de la actividad presencial.

¿Y quién sería hoy el hada madrina que te da la oportunidad de ser más visible? Una buena estrategia de marca. Aquí sí hay una gran diferencia con los cuentos de hadas y es que no puedes esperar a que aparezca este rescate mágico, sino que te lo tienes que trabajar tú. Las mujeres reales y del siglo XXI ya no esperan pasivas, sino que toman la iniciativa. Nuestro trabajo, nuestro esfuerzo y nuestro talento tienen que ser reconocidos. Y esto nos puede facilitar mucho las cosas en nuestra carrera.

Los expertos en marca personal insisten: tener una marca personal definida y fuerte nos permite darnos a conocer y posicionarnos en la mente de nuestros públicos objetivos. Si no nos conocen, no existimos. Y en momentos como este que vivimos, nuestra reputación es clave para mantenernos bien posicionadas en nuestros sectores y en todos los ámbitos que nos interese estar. Una marca fuerte es un buen airbag para momentos de crisis y hay que mantenerla más viva que nunca. Y, si es necesario, reorientarla.

En momentos de cambio, tenemos una oportunidad para replantearnos el futuro, y ver qué podemos hacer por esta marca. Pero, sin lugar a dudas, tenemos que trabajar para que nos vean y nos identifiquen. La visibilidad es el principal alimento de nuestra marca.

Visibilidad colectiva e individual

Cuando hablamos de visibilidad, tenemos que valorarla en dos dimensiones: la individual y la colectiva.

Por un lado, tenemos que ver cómo las mujeres todavía no hemos alcanzado una cota de visibilidad que corresponda a la mitad de la población. Ni hemos alcanzado la visibilidad que nos correspondería proporcionalmetne por nuestra aportación en todos los ámbitos. Y, muy importante, donde hay poder, hay muy pocas mujeres.

Estamos menos representadas en el ámbito empresarial y en una larga lista de espacios públicos: medios de comunicación, cumbres de expertos, política, etcétera. Por ejemplo, observa qué pasa en la mayoría de congresos o jornadas: hay muchos más ponentes hombres que mujeres, a no ser que sea un acto organizado por alguna asociación de mujeres directivas o por el gobierno en defensa de las mujeres. La mayor parte de los sectores o ámbitos empresariales, científicos, financieros, tecnológicos, industriales, agrarios… está mayoritariamente representado por hombres. A veces, exclusivamente por hombres. En algunos sectores, esta poca representatividad de las mujeres es proporcional a su baja presencia en el sector. Incluso en sectores ya muy feminizados como el de la salud, los ponentes son hombres como reflejo de una pirámide en la que hay muchas mujeres en la base y en el centro, pero no en la cúspide.

Una de las razones de la baja presencia femenina es que en los órganos de decisión de la mayoría de empresas grandes hay hombres y cuentan con hombres para este tipo de eventos. Es una especie de relación endogámica y podría ser incluso misógina. Pero no podemos atribuirlo solo a esto.

Hay otras causas y algunas son de nuestra responsabilidad, como estas:

  • Actitud de discreción procedente de costumbres ancestrales. La mujer tradicionalmente ha estado relegada al ámbito doméstico y privado, el hombre en el público… y todavía quedan muchas barreras por superar.
  • Nuestros compañeros hombres tienen más hambre de notoriedad o menos reparos en ser visibles y se postulan con más facilidad.
  • Nos falta tiempo para hacernos visibles en actos presenciales de networking, congresos, etcétera, especialmente si tenemos responsabilidades familiares.
  • No aparecemos en directorios de expertas. Muchas profesionales ni siquiera aparecen en Google.
  • No han oído a hablar de nosotras. No “suena” nuestro nombre.
  • Rechazamos ofertas que nos reportarían notoriedad por no considerarnos a la altura, por miedo al fracaso y otros muchos miedos.

En nuestros países hay muchas mujeres referentes en su sector que apenas son conocidas fuera de su organización. Hay empresarias, profesionales liberales, artistas, científicas, deportistas y los más variados perfiles que no alcanzan a tener el mismo espacio que los hombres de nivel similar. Y necesitamos cambiar esta tendencia urgentemente. Porque mientras solo sean visibles las estrellas de cine y de la moda, las influencers o las asiduas a la prensa rosa, nuestras sociedades no tienen muchos modelos poderosos que inspiren a otras mujeres y demuestren que podemos estar en todos los ámbitos.

Cada vocación científica, empresarial o artística de las mujeres que se pierde es una pérdida para el conjunto de la sociedad. Por ello, tenemos la responsabilidad de conseguir el protagonismo que tienen los hombres en muchos sectores y puestos de trabajo. ¿Por qué necesitamos esta visibilidad?

  • Para que la voz femenina tenga más influencia en la opinión pública.
  • Para tener presencia en los órganos de poder.
  • Para que las nuevas generaciones tengan más referentes femeninos en todos los campos.
  • Para cambiar la imagen sesgada sobre la mujer que predomina en los medios de comunicación y en las redes.
  • Para normalizar la presencia de la mujer en cargos directivos, en ámbitos tradicionalmente masculinos.
  • Para que estén representadas las mujeres en toda su diversidad.
  • Para poder combatir con los más variados altavoces la misoginia y el machismo todavía imperantes.

Que las mujeres profesionales como colectivo tengamos más visibilidad nos ayuda a todas porque refuerza nuestra imagen. Pero para ser visibles como colectivo, necesitamos la visibilidad de cada mujer con nombres y apellidos. Y todas nos vamos a beneficiar de este aporte individual.

La visibilidad positiva es una de las fuentes de reconocimiento y, por lo tanto, una manera de que se abran puertas tanto dentro como fuera de la empresa. Si no saben que existimos, no se conoce bien nuestro trabajo o no se aprecia nuestro talento, no nos pueden proponer negocios ni comprar nuestros servicios ni proponernos para un puesto mejor dentro de la organización.

¿Qué podemos hacer para incrementar nuestra visibilidad en la escena pública?

  • Invertir en nuestra reputación digital a través de las redes, con contenidos de calidad.
  • Inscribirnos en directorios de expertas.
  • Afiliarnos a más de una asociación que vele por nuestros intereses y donde podamos contactar con personas que nos interesen: gremio, asociación, club, etcétera.
  • Asistir a eventos (ahora virtuales la mayoría) y aprovechar la ocasión para contactar con otros asistentes o con los ponentes y organizadores.
  • Contactar con los medios de comunicación para que nos consideren como experta en sus programas. Podemos empezar por sectoriales y locales para ir ampliando el círculo.
  • Aceptar toda colaboración que nos propongan los medios (a no ser que nos perjudique).
  • Colaborar con otros expertos y expertas en emisiones en directo en las redes para incrementar nuestros seguidores y darnos a conocer.
  • Tener siempre presente la necesaria “autoventa”. Se puede hacer con toda la elegancia y sin fanfarronear de nada. Simplemente, tenemos que encontrar el tono adecuado para hablar de nosotras mismas y de nuestro trabajo. Para ello, debemos pensar muy bien cómo describiremos nuestra profesión, nuestro proyecto, nuestra contribución a la empresa. Debemos ensayarlo para estar seguras de que podremos decirlo con la voz clara y la cabeza alta. No disminuyamos el valor de nuestro trabajo. El otro tiene que sentir que nuestra aportación es esencial y única.

Visibilidad interna

Hay otro tipo de visibilidad que no es la de estar bajo los focos en un escenario ni postear constantemente en las redes. Es la visibililidad cotidiana, más discreta y permanente. La visibilidad interna en una organización, dentro de un equipo de trabajo o en el marco de un sector concreto.

Puede ser que no nos guste, que no nos sintamos cómodas o no lo consideremos necesario. Pero la realidad nos dice que, para tener más opciones en el trabajo, tenemos que autopromocionarnos, situarnos más en el centro del escenario y dejar los rincones. Pasar a primera fila y dejar de refugiarnos en la última. Esto nos ayuda a demostrar habilidades, optar a promociones, obtener relaciones estratégicas y optar a mejores puestos y remuneraciones.

Hablamos mucho del techo de cristal y es indudable que hay muchos factores estructurales que ayudan a mantenerlo. Pero tambien hay unas causas intrínsecas en el propio hecho de ser mujer. Nuestro comportamiento, sin darnos cuenta, favorece muchas veces esta falta de reconocimiento. La educación recibida nos condiciona enormemente. Que una mujer sea ambiciosa, quiera ganar dinero, ser protagonista o tener poder, no encaja en su rol social. Y, aunque, las cosas van cambiando, tenemos todavía muchos complejos y creencias limitantes que nos impiden actuar con tanta seguridad y confianza como los hombres. Esto hace que salgamos de casa con desventaja.

La autopromoción dentro de la propia empresa o sector es otra de las asignaturas pendientes de las mujeres y que forma parte de esta estrategia de visibilidad. La poca promoción que nos hacemos es una de las razones por las que las mujeres no estamos en puestos más elevados, cobramos menos o se nos tiene menos en cuenta en una reunión.

Mira lo que dice un estudio de la consultoría McKinsey realizada en 2011: “Los hombres son promocionados por su potencial, mientras que las mujeres lo son por sus logros pasados”.

Probablemente, la razón está en que se venden mejor y generan expectativas en sus superiores. Mientras que nosotras solo hablamos de las capacidades demostrables, de lo que ya hemos conseguido o ni siquiera esto. Esta puede ser una de las causas de las dos velocidades en la promoción dentro de una compañía.

Como ejemplo, veremos el caso de las mujeres científicas. La brecha de género en este campo se ha reducido mucho en las últimas décadas en la base, pero no tienen todavía plena igualdad en los niveles directivos. Tienen menos cátedras, reciben menos fondos de investigación que los hombres y sus salarios son inferiores.

Según revela un estudio titulado “Cómo las mujeres subvenden su trabajo”, una de las causas de que las mujeres reciban menos reconocimiento que los hombres por logros equivalentes es que no son tan proclives a promover sus logros mediante el uso de términos positivos como «novedad», «único» o «sin precedentes» al describir su investigación.

Puede parecer algo superficial o innecesario, pero los resultados son muy reveladores: los artículos que no se publicitan bien en el título o en la descripción, tienen muchos menos lectores y, por lo tanto, disminuye la posibilidad de promoción y acceso a fondos de investigación por parte de los autores.

En el ámbito empresarial sucede algo similar. Y uno de los momentos clave es el de dar cuentas de nuestro desempeño en una entrevista con superiores. Se ha comprobado que las mujeres se promocionan menos en muchas situaciones propias de la empresa: negociación, promociones internas, cobro de primas y bonos, etcétera. Está claro que, en algunas situaciones, los premios, comisiones o promociones se pueden establecer a partir de datos objetivos y comprobables como las cifras de ventas o el aumento de clientes o el ahorro en gasto. Pero cuando alguien nos pregunta “nuestra opinión” acerca de nuestro desempeño, entramos en el terreno de lo subjetivo. Y la “realidad” se puede contar de muchas maneras. Se puede narrar de forma puramente neutra, pero también se puede minimizar o maximizar.

El castigo social que reciben las mujeres por brillar o por mostrarse “demasiado” seguras públicamente puede estar en el origen de esta brecha. Y tenemos que encontrar la forma para superarla individualmente y socialmente. El hecho es que las valoraciones que hacen los hombres desde su propio desempeño siempre es más alto que el de las mujeres con el mismo nivel de logros y competencias.

En mi experiencia como consultora y a través de los años entrenando las habilidades de comunicación de mujeres brillantes, he observado que hay dos grandes grupos en cuanto a la dificultad para autopromocionarse: el primero es el de las mujeres que sinceramente no se creen merecedoras de elogios, reconocimientos ni siquiera en su propio diálogo interior.

Y el segundo es de las que están convencidas de que son muy buenas, incluso mejores que sus compañeros, pero inhiben comentarios públicos sobre sus logros por modestia o por evitar cualquier tipo de conflicto. Algunas llegan a decir: “Es que no es necesario. Yo sé que el trabajo está muy bien y ya está. Mi superior ya lo sabe». Este comportamiento discreto no solo las puede perjudicar en su propia carrera, sino que también contribuye a la perpetuación de esta brecha de género que se manifiesta de las más variadas maneras.

En el escenario cotidiano

Con el semiconfinamiento y la casi desaparición de eventos presenciales y el teletrabajo, corremos el riesgo del aislamiento o de centrarnos en un solo tipo de relaciones y reducir el espectro de contactos.

El objetivo es que no desparezcamos de la mente de las personas. Pero es más que esto: es hacernos presentes como profesionales valiosa. No puede ser que elijan a otra persona porque simplemente no se acuerdan de nosotras, no nos tienen en mente o no saben lo que valemos porque estamos desaparecidas. Dediquemos un tiempo cada día a:

•    Mantener el contacto con nuestros clientes, colegas y proveedores.

•    Si ahora no podemos cruzarnos por los pasillos con superiores o compañeros de otros departamentos, busquemos pretextos para mandar un correo electrónico breve, participar en una reunión o comentar algo en sus publicaciones en red. Procuremos mantener el contacto.

•    Sustituir los encuentros casuales en el espacio físico de la empresa con algunos mensajes de WhatsApp o en redes sociales, según el grado de relación que tengamos.

•    En las reuniones presenciales es importante llegar antes para charlar con los demás asistentes: el poder de las relaciones informales es incalculable. Y también nos servirá para muchas reuniones virtuales en las que se dejan unos minutos de conversación antes de empezar.

•    En todo tipo de reuniones, no dejar pasar las ocasiones de intervenir. Y, si puede ser, hacerlo antes que los demás.

•    En las reuniones virtuales: mantener cámara encendida, cuidar el entorno y nuestra imagen. Ponernos una ropa que destaque (dentro de lo profesional), participar cuando sea posible y dejar comentarios en el chat.

•    Entrenar nuestro lenguaje corporal para que exprese optimismo, implicación y firmeza. Mirar a nuestros interlocutores a los ojos (en las videoconferencias, mirar a cámara). Si es posible, ponernos de pie para exponer algo mínimamente extenso.

•    Nuestra voz tiene que ser coherente con esta actitud. Hablemos alto y articulemos con claridad. Si vamos demasiado de prisa, pareceremos estresadas o nerviosas. Si somos demasiado lentas, será aburrido.

•    Utilizar frases breves, directas, claras, positivas. Evitar los rodeos innecesarios, las dudas, las muletillas, las justificaciones y todo lo que nos haga menos importante.

•    Pensar que nuestras dudas, vacilaciones y, en general, nuestras intervenciones poco enérgicas facilitan que otros nos usurpen la palabra, interrumpan e incluso nos roben las ideas.

Pienso que la clave es estar listas para poder decir siempre que sí, porque… ¿cuántas veces hemos tenido que decir que no porque sentíamos que no estábamos preparadas para asumir ese protagonismo, ya sea enfrentarnos a un público o a la aparición en un medio de comunicación?

Preparémonos, pues, para superar la invisibilidad y querer (y saber) asumir estas situaciones de protagonismo. ¿Cómo hacerlo? Es necesario:

  1. Tomar conciencia de nuestro comportamiento, de cuáles son los miedos que tenemos y de cómo podemos superarlos. Es importante saber analizar cuáles son nuestras resistencias cuando entramos en la esfera pública y tenemos la oportunidad de ser conocidas por nuestros logros.
  2. Planificar este camino al éxito profesional a través de una buena estrategia de marca. Y preparando una serie de recursos que nos van a ayudar a la autopromoción.
  3. Entrenar nuestras habilidades de comunicación para poder asumir con todas las garantías esta visibilidad. De esta manera, podremos movernos con seguridad en los distintos espacios: participar en reuniones internas, hablar en público, ir a un programa de televisión, grabar videos, opinar en las redes sin miedo a las respuestas… con la tranquilidad de ser las mejores embajadoras de nuestra marca personal o de cualquier otra marca que representemos.

La autopromoción es parte de nuestro trabajo. Porque no solo nos beneficia a nosotras mismas, sino que ayuda también al éxito de nuestro proyectos, a nuestros equipos, a nuestras empresas.