Quien cultiva serenidad, cultiva claridad
Quien cultiva serenidad, cultiva claridad: la mente tranquila ve caminos que la mente agitada no percibe.
A menudo me preguntan cómo logro mantener tanta serenidad. Muchos creen que es cuestión de personalidad, pero estoy convencida de que tiene más que ver con la forma en que uno vive y se toma la vida.
Sin embargo, antes de lanzarme a escribir, busco en Internet “¿Cuáles son los ingredientes de la serenidad?” y la sorpresa es mayúscula. Por un lado, aparecen recomendaciones de consumir apio, garbanzos y chocolate negro; por otro, sugieren infusiones, bálsamos y aceites.
Desde mi punto de vista, que en absoluto pretendo tomar como dogma, mis propuestas van por otro camino:
- Hábitos
No importa cuánto trabajo tenga o dónde me encuentre, mis hábitos viajan conmigo. No me gusta saltar de la cama y empezar a correr. Mi ritual matutino es innegociable. Me levanto y desayuno saboreando cada bocado, agradecida por el nuevo amanecer. Después, me acomodo en mi butaca-refugio, mi lugar de calma. Allí estudio francés, resuelvo crucigramas, leo y profundizo en psicología, medito y hago yoga. Cuando termino, me dispongo a vivir el día con presencia: estando donde realmente estoy, pues, según lo veo yo, quien aprende a estar presente, aprende a estar en paz.

- Soltar
Entre las razones de mi serenidad está haber dejado de esperar. Trabajo con dedicación y me dejo llevar por la vida, confiando en que lo que llegue en cada momento será exactamente lo que necesito. He aprendido que todo tiene su propio tiempo y, en lugar de empeñarme en controlar cada detalle, he elegido dejarme guiar.
La serenidad, al final, es el arte de soltar lo que no puedes controlar y honrar lo que sí depende de ti. Honrar la vida significa vivir con intención, plenitud y propósito: valorarla, respetarla y dejar un legado positivo. Implica aceptar la vida tal como viene, con sus alegrías y dificultades, y ser consciente de que cada día es un regalo. Se trata de hacer cosas que realmente importan, vivir con gratitud, cultivar la resiliencia, servir a los demás y contribuir a que el mundo sea un poco mejor de lo que lo encontramos.
El destino no está en mis manos, pero sí lo están el esfuerzo, la responsabilidad y la constancia.
En esta misma línea, hoy decido qué preocupaciones realmente merecen mi energía. Durante años viví atrapada en el “pobre, qué pena”, cargando con todo y con todos. Con el tiempo, comprendí que esa relación no era tan recíproca como creía. Mis propias carencias me llevaban a acercarme al otro desde la ayuda, y en la mayoría de los casos, ese gesto no tenía retorno: cada cual intenta llenar sus vacíos a su manera, y lo único que puedo hacer es respetarlo y marcar mis propios límites.
- Decidir cómo tomarse la vida
Esa toma de conciencia me costó disgustos y dolor, pero me enseñó que la vida no funciona así y que la serenidad no aparece cuando todo está en calma, sino cuando aprendes a mantenerte en calma en medio de todo. Llega cuando, desde una libertad madura, decides cómo quieres tomarte la vida y a las personas. Y cuando por fin lo asumes, la vida se vuelve más ligera y ese peso que cargabas empieza a desvanecerse.
- Desapegarse
También he dejado atrás los apegos afectivos y materiales. En lo que respecta al apego emocional, creo que cuando uno toma conciencia de sus heridas infantiles y empieza a atenderlas, deja de mendigar amor, valoración y reconocimiento. A partir de ahí, se abandona la lucha por intentar que los demás sean como uno desea y por esperar insaciablemente que nos den lo que creemos necesitar. Y poco a poco, uno se permite que cada quien sea quien realmente es. No es resignación ni implica odio ni rencor. Es una aceptación genuina, sin exigir nada a cambio. Es comprender que las personas son como son y no pueden ser de otro modo, aunque haya aspectos de ellas que nos gustaría cambiar.
En lo material, ocurre algo parecido. A menudo nos dejamos arrastrar por compras impulsivas sin detenernos a explorar nuestras verdaderas motivaciones: buscar un placer momentáneo que alivie, aunque sea por un instante, nuestro vacío emocional.
Curiosamente, hace años que no veo verdadera creatividad, sino copias de copias. Nos hacen creer que necesitamos el último modelo, cuando en realidad no es más que una versión maquillada de lo antiguo. Además, acumulamos tanto que ya ni sabemos qué hacer con ello ni cuándo usarlo o ponérnoslo. Sin embargo, seguimos acaparando bajo el eterno “por si acaso”, un “por si acaso” que casi nunca llega y termina olvidado en el fondo del cajón. Y así volvemos a creer, una vez más, que lo externo llenará lo que sigue pendiente internamente. Pensamos que nos da más control, sin darnos cuenta de que el exceso, en realidad, nos roba energía.
En resumen, la serenidad es como un faro que señala la dirección correcta, especialmente cuando las tormentas de la vida arrecian, ya sean internas o externas.
Alcanzar la serenidad es un proceso que combina autoconocimiento, hábitos diarios y una forma consciente de relacionarse con la vida. No existe una receta mágica; la serenidad se cultiva. Implica aceptar sin resignarse, desapegarse sin volverse indiferente, reflexionar con intención y avanzar del desorden al propósito.
La verdadera paz no se busca fuera; se construye dentro.