Un breve tratado sobre la humildad…

En la tercera semana de diciembre, recibí la llamada de un muy buen amigo para invitarme a almorzar ese día. No tenía nada en la agenda para esa hora y me hacía ilusión tocar base con él, así que acepté aquella inesperada invitación.

Durante el almuerzo, mi amigo, un hombre de mucha fe, me dijo: «La verdad, Ney, es que tú y yo somos muy bendecidos». Una vez superada la sorpresa del planteamiento, le respondí: “Sí, siempre agradezco mucho lo que me da la Providencia, porque de lo que va a suceder mañana no tengo ni idea. Y la vida no es lineal”.

Ante la extrañeza de mi amigo por mi respuesta, procedí a abundar en ella. Le indiqué que, si bien había que tener fe en el futuro, no saber con certeza lo que nos deparan los próximos cinco minutos debería motivarnos a valorar y agradecer todo lo que hemos recibido (lo bueno y lo no tan bueno) hasta ese momento, entendiendo que existe la posibilidad de que las cosas cambien, y no necesariamente para bien. Añadí que, en mi caso, haber interiorizado la fragilidad de nuestra existencia me generaba mucha humildad y me hacía apreciar cada vez más el momento presente, que es lo único seguro que tenemos. Mi amigo, un poco confundido por mi respuesta, respondió: “Sí, pero hay que ser siempre positivos, ¿no crees?”. Cambiamos de tema y seguimos disfrutando del almuerzo.

Al día siguiente, este mismo amigo me llamaba para informarme de que un amigo en común acababa de fallecer por un infarto fulminante…

Pudiese abordar las lecciones de aquel episodio, pero quisiera centrarme en una palabra que mencioné en aquella conversación y que es una de las cualidades o virtudes más subestimadas, confundidas y malinterpretadas: la humildad. Y eso lo hago porque, tal y como indiqué, una vez que interiorizas el poco control que tienes de tu destino, tratar de ser humilde debe ser la opción por excelencia. Por esta razón, quisiera compartir algunas reflexiones personales al respecto, no con el afán de imponerlas a nadie, sino para plantear mi visión.

La humildad no es debilidad. Es la interiorización de que todos somos simples mortales y que estamos aquí de paso. Es el reconocimiento de que no hay un ser humano mejor que otro, sino que algunos han tenido coyunturas más favorables. Dicho de otra forma, es tener claro que la suerte ha jugado un papel enorme en dónde estamos y dónde están otros, para bien o para mal. Y, a partir de ahí, asumir que nadie puede sentirse superior por algo en lo que no ha tenido una incidencia total.

Ser humilde es entender que nuestro destino, y el de otros, es incierto, y que todo puede cambiar, para bien o para mal, en un santiamén, por lo que no vale la pena sentirse afianzado o seguro (o, por el contrario, frustrado y resignado) en un presente que puede dar un giro repentino de 180 grados. Es entender que mostrarse vulnerable no es una muestra de debilidad, sino de humanidad, y que decir «lo siento», «no sé», «no entendí» no nos hace menos respetables ni nos rebaja, sino todo lo contrario: nos exalta.

También se trata de no asumir poses que no tienen nada que ver con nuestra esencia. Es aceptar ser como uno es, con nuestros defectos y oportunidades de mejora, aunque en ocasiones no encajemos. No se trata de no querer mejorar ni de ir en contra de las normas de convivencia. Se trata de estar conforme con lo que la Providencia nos ha dado y hacer lo mejor posible con ello.

La humildad no consiste en desestimar el elogio sincero ni en rechazar el cumplido auténtico, pues no hay mayor soberbia que subestimar el criterio de los demás, ni mayor ofensa que decirle al otro que su opinión sobre nosotros es descartable. En el fondo, la humildad no es aparentar menos de lo que somos, sino entender realmente quiénes somos.

Ser humilde es tener la capacidad de convivir con el hecho de que, no importa lo que digamos o hagamos, siempre tendremos detractores y gente que nos mirará por encima del hombro. Y, sobre todo, aceptar que siempre habrá personas a las que nuestra mera presencia física les generará rechazo.

Ser humilde es no poner etiquetas antes de conocer a las personas. Tampoco encasillar (o, mejor dicho, encarcelar) a otros de por vida en nuestra percepción. Debemos aceptar que no somos infalibles y que nuestro criterio puede estar cargado de sesgos y condicionamientos. Es también abrazar nuestra autenticidad, sin perder de vista que se puede ser cercano sin caer en la chabacanería.

También es tener claro que, si bien la frugalidad y la sencillez son cualidades complementarias a las que aspirar, estas son diferentes de la humildad. Se puede disfrutar, y en grande, de todo lo material que la vida nos da sin miedo alguno. La clave está en la actitud que se adopta y, sobre todo, en la gratitud sincera que se manifiesta. Es, además, aceptar que algunos considerarán nuestra humildad como una mera pose y que hay personas a las que nuestro comportamiento les parecerá pretencioso. No todas las personas tienen el mismo nivel de consciencia.

Ser humilde es aceptar que siempre habrá alguien, en nuestro entorno inmediato o no, que puede hacer las cosas mejor que nosotros, e interiorizar que, tarde o temprano, seremos obsoletos y dependeremos de otras personas.

En resumen, ser humilde es abrazar nuestra fragilidad y celebrar nuestra falibilidad sin dejar de agradecer lo recibido “hasta ahora”.

Sobre el autor

Ney Díaz

Presidente y fundador de INTRAS, reconocida como la principal empresa de capacitación especializada y consultoría formativa en la República Dominicana, con importantes alianzas con organizaciones de España y América Latina. Preside, también, la firma de capacitación Skills y la empresa Summit, especializada en la organización de eventos corporativos. Es, asimismo, editor en jefe de la Revista GESTIÓN y Senior Advisor de Executive Education para República Dominicana de la IE Business School de España.

Como autor, ha publicado los libros «RESTART» y «Las 12 preguntas». Puede encontrar más de los escritos de Ney Díaz en su blog en https://neydiaz.com/blog.

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