El dividendo de la fricción: Por qué los equipos que dejaron de incomodarse están decidiendo peor

La inteligencia artificial está retirando el roce que generaba confianza en tus equipos. El ahorro se siente hoy. La factura llega en seis semanas.

La reunión duró cuarenta minutos. Antes duraba noventa. El documento previo lo había redactado un modelo, el resumen lo generó otro y el correo de seguimiento salió antes de que el último asistente cerrara su laptop. Al terminar, el director general dijo una frase que he escuchado en varias salas este año: “Nunca habíamos estado tan alineados”.

Seis semanas después, la decisión se cayó. En las conversaciones uno a uno aparecieron tres personas que habían tenido dudas serias y nunca las pusieron sobre la mesa. El miedo no tuvo nada que ver. El proceso estaba tan pulido que la objeción no encontró por dónde entrar.

Investigo el desarrollo de liderazgo en la Universidad de Pensilvania y, al mismo tiempo, acompaño la adopción de la inteligencia artificial en organizaciones que no tienen paciencia para la teoría. Estas dos sillas ven cosas distintas. Desde la académica se observan mecanismos: por qué la gente habla o se calla. Desde la operativa se observan calendarios: qué se automatizó el trimestre pasado y qué dejó de existir sin que nadie lo decidiera. Este año, las dos sillas empezaron a mostrar la misma imagen.

La preocupación pública por la IA en el trabajo se instaló en una idea: que nos va a aislar. La evidencia de los últimos meses apunta a algo distinto y más incómodo. El riesgo no está en quedarnos solos, sino en quedarnos cómodos.

Vale la pena preguntar qué se rompió exactamente en esa sala en cuarenta minutos y por qué el síntoma tardó seis semanas en aparecer.

La sorpresa de Gensler

Empecemos por el dato que desarma el argumento fácil. El Gensler Research Institute encuestó a más de 16,400 trabajadores de oficina en 16 países para su Global Workplace Survey 2026. Clasificó al 30 % como usuarios intensivos de IA, es decir, personas que la usan de forma habitual tanto en el trabajo como en su vida personal. La expectativa era encontrarlos más aislados. Encontraron lo contrario: pasan menos tiempo trabajando solos (37 % de su semana frente a 42 %) y más tiempo aprendiendo (12 % frente a 8 %) y socializando (11 % frente a 9 %). También puntúan más alto en innovación, compromiso y relaciones de equipo.

Es una encuesta, no un experimento, y la realizó una firma de arquitectura con interés legítimo en que las oficinas sigan importando. Aun así, el hallazgo obliga a mover la pregunta. Si la IA no está reduciendo el contacto humano, la traducción ejecutiva se vuelve incómoda: el problema no es cuánta interacción tienes, sino cuál sobrevivió. La fricción no desapareció de tu calendario. Cambió de lugar y se llevó consigo la parte que servía para decidir.

La ambigüedad de la confianza

En febrero de 2026, Amy Edmondson, de la Harvard Business School, y Jayshree Seth, científica corporativa en 3M, describieron el mecanismo en la Harvard Business Review. Lo llaman ambigüedad de la confianza. El equipo asume que se supone que debe confiar en las recomendaciones del modelo de IA, pero no confía del todo y percibe que no se puede conversar de esa brecha. En mi opinión, el efecto es peor que la desconfianza abierta: la gente deja de cuestionar la recomendación del modelo, deja de atrapar errores y termina dudando también de su propio criterio.

Es un marco conceptual firmado por dos autoras serias, no un ensayo controlado. Aun así, explica el retraso de seis semanas. El silencio se parece muchísimo al acuerdo. Un comité que no discute produce actas limpias y toma decisiones frágiles. Si tu tablero mide la alineación, conviene revisar qué está midiendo en realidad.

Un índice de la Workday Foundation, levantado por Hanover Research entre marzo y abril de 2026 con 2,150 empleados usuarios de IA en siete países, le pone número al vacío: 33 % dice que rara vez o nunca tiene con sus colegas una conversación que vaya más allá de la tarea. Un 16 % reconoce que, por la IA, le queda menos paciencia para la charla trivial. Léelo con la advertencia de siempre: lo encargó un proveedor de software de recursos humanos que vende justamente esa conversación.

El castigo por delegar lo que duele

El hallazgo más duro no proviene de una encuesta corporativa. Claessens, Veitch y Everett publicaron en Computers in Human Behavior seis estudios preregistrados con cerca de 3,935 participantes británicos sobre cómo percibimos a quien delega tareas en la IA. Cuando la tarea es instrumental, como escribir código o armar una agenda, el costo social es moderado. Cuando la tarea es sociorrelacional, como una disculpa, un mensaje personal o unas palabras de reconocimiento, el castigo se dispara. A esa persona se le atribuye menos autenticidad, menos carácter moral y menos aprecio por la tarea en sí.

El detalle que más me interesa es otro: la transparencia no lo arregla. Avisar que usaste IA, usarla solo como apoyo y dar una buena razón no te eximen de la penalización. El esfuerzo era la señal. Cuando alguien dedica tiempo a escribirte, ese tiempo comunica una jerarquía de prioridades antes que cualquier palabra. La IA acorta el proceso y, al hacerlo, borra la señal.

Traducido al lenguaje de dirección: automatizar la retroalimentación difícil, la disculpa o el reconocimiento no ahorra tiempo; cambia tiempo por confianza. Es un préstamo y los préstamos se pagan. Sherry Turkle lleva años sosteniendo este argumento desde el MIT, con un título de conferencia que ha envejecido bien: “la promesa de una vida sin fricción”.

El dividendo de la fricción

Le pongo un nombre para que sea portátil. El dividendo de la fricción es el retorno medible en confianza, calidad de juicio y velocidad real que produce conservar de forma deliberada ciertos roces humanos en lugar de automatizarlos.

Su opuesto también merece un nombre, porque es el que aparece disfrazado de logro en los tableros: la trampa sin fricción, el momento en que un líder confunde la facilidad con el avance.

La regla para distinguirlos cabe en una pregunta: ¿esta fricción produce información o solo cansancio? Un colega que te obliga a defender un supuesto produce información. Tres niveles de aprobación para un gasto de doscientos dólares producen cansancio. La primera se protege con nombres y apellidos. La segunda se automatiza sin culpa ni ceremonia. El error de los últimos tres años fue tratarlas por igual, porque ambas se sentían igual de lentas.

Acción del lunes

Primero, elige una decisión recurrente de tu semana y hazle una auditoría de fricción. Busca el punto exacto en el que el proceso adopta por defecto la opción cómoda: el resumen automático, el borrador generado, la aprobación de un clic. Escríbelo en una línea. Ese punto es un diagnóstico, no una conveniencia.

Segundo, instala una ronda de disenso antes de cerrar la próxima decisión asistida por IA. Nombra a una persona, dale tres minutos y pídele el mejor argumento en contra. Hazlo antes de que la recomendación del modelo esté sobre la mesa. Después, ya no es disenso, sino corrección de estilo.

Tercero, escribe tu lista de lo indelegable. Tres tipos de mensaje que vas a redactar tú, siempre, aunque te cuesten veinte minutos más: la retroalimentación incómoda, la disculpa y el reconocimiento específico. Compártela con tu equipo. Esa lista vale más publicada que cumplida en privado.

Cuarto, mide una sola cosa antes y después. La más simple: cuántas objeciones aparecieron en la reunión y cuántas te llegaron en el pasillo o por mensaje privado. Si la segunda cifra es mayor, tu proceso está exportando el conflicto en lugar de resolverlo.

Cierre

Nada de esto es un argumento en contra de la inteligencia artificial. Trabajo en adopción de IA todos los días y no conozco una sola organización a la que le convenga frenar. La decisión importante nunca fue cuánta IA usar, sino qué roces conservar mientras la usas. Y esa elección casi nunca se toma en un comité; se toma por omisión, cada vez que alguien acepta el borrador tal como salió.

Un equipo que dejó de discutir no se volvió sabio; se volvió silencioso, y el silencio siempre cobra tarde. La buena noticia es que la fricción se puede diseñar: dónde va, cuánta, con quién, en qué minuto exacto de qué reunión. Elegir eso a propósito, en lugar de dejar que lo decida el software por cansancio, es lo que convierte una reunión cualquiera en un momento decisivo. Eso sí es ganar.

Sobre el autor

Julio Zelaya

Es un destacado experto en emprendimiento y liderazgo basado en propósito, así como un conferencista y facilitador reconocido a nivel internacional en temas de Emprendimiento, Gestión del Conocimiento, Cambio, Liderazgo e Innovación. Cuenta con un posgrado en Management de Tulane University, un MBA de INCAE y especializaciones en Harvard, MIT, Babson, Cornell y The Aspen Institute. Actualmente, es Principal en The RBL Group LATAM. Es autor de La Travesía del Emprendimiento y Sólo por ser Usted y coautor de SuccessOnomics con Steve Forbes y Transform con Brian Tracy.

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