La gran tiranía…

Estaba agotado… Tenía tres días durmiendo muy mal. Las ojeras y bolsas debajo de los ojos empezaban a hacer su aparición, y mis niveles de concentración estaban por el suelo. Y ni hablarles de mi ánimo y mi humor, los cuales se transforman radicalmente con tan solo perder un par de horas de descanso. Incluso mi motivación y energía estaban por el suelo, pues, cuando iba a hacer ejercicios, solo pensaba en el momento en que esa hora terminara.

Preocupado con la situación, me puse a pensar qué podría estar causándola. Mi alimentación era la misma y no estaba tomando ningún suplemento nuevo que pudiese afectarme el sueño. Mi cama y almohada seguían siendo las mismas. Unas pruebas analíticas que me hice una semana antes indicaban que todo estaba normal, gracias a Dios. Mis relaciones con mi esposa, hija y padres estaban normales. No había cambiado para nada mis hábitos nocturnos ni hecho variantes sustanciales en mi ritual previo a acostarme. Mis proyectos empresariales no enfrentaban ninguna situación o reto fuera de los típicos del negocio. Y mis finanzas personales no habían sufrido ningún impacto adverso. Entonces, ¿qué era lo que me estaba afectando el sueño y generando el efecto dominó en todas las demás variables?

Agotadas todas las posibilidades, hice un profundo ejercicio de introspección, y resultó infructuoso. Era frustrante no ver nada en el panorama inmediato que estuviese impactando algo tan importante como lo es el sueño reparador. Entonces, me llegó un e-mail que decía: «Ney: Te escribo para que, por favor, elijas el día y la hora que te convienen la semana que viene para tener la sesión de cierre de los insumos que aportarás al proyecto editorial de …». ¡Eureka! Me di cuenta que lo que me tenía tan inconscientemente mortificado era que, por varios motivos, yo no estaba cumpliendo con las fechas límites de entrega acordadas para un interesante proyecto editorial al que me comprometí apoyar. Y eso estaba lejos de mi accionar típico. Tal como la pequeña luz roja de los televisores que siempre se queda encendida, mi subconsciente no me iba a dejar tranquilo hasta que concluyera ese tema. Era obvio que yo estaba siendo víctima de lo que denomino «la tiranía de los pendientes».

Como todos sabemos, en una tiranía no hay opción de disentir o debatir, ya que, bajo ese poder absoluto, cualquier intento de oposición es aplastado de forma contundente e inmediata. De igual forma, la libertad de acción y movimiento está coartada, y hay solo una sola verdad: la que diga el tirano. Pues lo mismo sucede cuando, conscientemente o no, tenemos uno o más pendientes importantes sin concluir. Como gotas de agua cayendo lentamente sobre una superficie, cuyo ruido sentimos va in crescendo según pasa el tiempo, estos pendientes nos perturban la paz mental y no nos dejan ser 100 % operativos.

Si bien en mi caso se trató de un compromiso inconcluso, los pendientes que nos tiranizan tienden casi siempre a ser de mayor envergadura. En ocasiones, puede ser un perdón o unas disculpas que no hemos tenido la humildad de pedir. En otras, puede ser un proyecto inconcluso, una meta personal no lograda, una retroalimentación que hemos evitado dar o incluso una confesión a alguien que no hemos tenido el valor de hacer. La lista podría seguir. Pero su patrón es el mismo: tal como un pájaro carpintero golpeando incesantemente un árbol para hacer su nido, estos pendientes tiranos nos estarán martillando en el inconsciente hasta que hagamos lo que ellos indiquen. Y, muchas veces, no es un solo pendiente el que nos tiraniza, sino la sumatoria de varios. De hecho, mientras escribo esta nota editorial para la revista me acabo de dar cuenta de un pendiente que me ha estado tiranizando desde hace semanas: hace varios meses que no escribo para mi blog.

¿Cómo enfrentar esta tiranía? Quisiera darles como solución única la repuesta que hace dos décadas me dio una fisioterapeuta tras una lesión deportiva, quién, al darse cuenta del alto nivel de tensión que yo tenía en ese momento, me dijo: «Don Ney, hay que ser un poquito sinvergüenza». Pero el sentido común y mi personalidad me lo impiden. Así que les voy a decir lo que yo hago en esos casos que logro identificar ese pendiente que tanto me invade la paz. Lo primero y más efectivo es hacer o decir lo antes posible eso que tenemos pendiente. Pero esto no siempre es realizable. Si no puedo resolverlo en el momento, lo escribo con lujo de detalle, ya que nada libera más al cerebro que el saber que ya no tiene que recordar algo porque lo delegó en un papel. En tercer lugar, lo converso con personas de confianza, pues pocas cosas generan más compromiso que el saber que alguien nos preguntará en algún momento el estatus de lo que le verbalizamos. Y, por último, visualizo como estaré y me sentiré cuando logre ese objetivo, ya que esto, en ocasiones, se convierte en el combustible para «sacar de abajo» y resolver ese pendiente.

Les exhorto a que hagan su lista de pendientes y trabajen sobre estos. Les aseguro que es un ejercicio liberador…

Sobre el autor

Ney Díaz

Presidente y fundador de INTRAS, reconocida como la principal empresa de capacitación especializada y consultoría formativa en la República Dominicana, con importantes alianzas con organizaciones de España y América Latina. Preside, también, la firma de capacitación Skills y la empresa Summit, especializada en la organización de eventos corporativos. Es, asimismo, editor en jefe de la Revista GESTIÓN y Senior Advisor de Executive Education para República Dominicana de la IE Business School de España.

Como autor, ha publicado el libro Las 12 preguntas. Puede encontrar más de los escritos de Ney Díaz en su blog en https://neydiaz.com/blog.

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