Cómo lograr que tus palabras dejen huella (Parte IV)

Personalidad emocional aquietada: cuando tu presencia ya comunica antes que sus palabras

Si en los artículos anteriores de esta serie hablábamos de la forma, la intención, la escucha, la inteligencia emocional, la humildad, la atención, la claridad y el significado, hoy vamos a detenernos en algo que sucede incluso antes de pronunciar la primera palabra.

Porque la realidad es que las personas, antes de escuchar nuestro mensaje, ya han empezado a percibir quiénes somos. Y esto cambia absolutamente todo.

Seguimos partiendo de la misma idea que da sentido a toda esta serie de artículos: “no somos poseedores de nada, sino administradores de todo”. No administramos únicamente nuestro trabajo, nuestras relaciones ni nuestro tiempo. También administramos el impacto emocional que dejamos en quienes nos rodean.

Y quizás esta sea una de las responsabilidades más importantes que tenemos. Porque nuestras palabras pueden ser extraordinarias…, pero si nuestra presencia genera tensión, inseguridad o desgaste emocional, esas palabras tendrán muy difícil dejar huella. En cambio, cuando alguien transmite serenidad, equilibrio y confianza, incluso el silencio empieza a comunicar.

Hay una idea que me acompaña desde hace años y que cada vez confirmo con más fuerza:

“Las personas no se acercan a nosotros por lo que sabemos; se acercan por cómo se sienten cuando están con nosotros”.

Todo termina provocando una emoción. Y precisamente esa emoción es la que convierte nuestras palabras en demanda. Por eso hoy quiero compartir una herramienta que considero decisiva para cualquier persona que quiera influir positivamente en los demás.

La llamo personalidad emocional aquietada.

¿Qué es una personalidad emocional aquietada?

Seguro que has conocido personas que, simplemente al entrar en una sala, parecen tranquilizar el ambiente.

  • No necesitan levantar la voz.
  • No necesitan imponer.
  • No necesitan demostrar continuamente que tienen razón.
  • Su presencia transmite calma.
  • Su presencia transmite la sensación de que todo puede hablarse. De que todo puede resolverse. De que puede acercarse sin miedo a ser juzgado.

Y también ocurre lo contrario. Hay personas cuya sola presencia hace que el ambiente se tense. Antes incluso de hablar, ya estamos pendientes de su estado de ánimo, con expresiones del tipo:

  • «¿Cómo estará hoy?»
  • «¿Será buen momento para preguntarle?»
  • «Mejor espero a mañana».

Resulta llamativo que una organización pueda depender del estado emocional de una sola persona para abordar un tema de importancia. Un líder no debería generar incertidumbre emocional. Debería generar estabilidad porque cuando un equipo necesita averiguar primero cómo viene su responsable antes de decidir si puede hablar con él, el verdadero problema no es la comunicación. Es la gestión emocional.

Por eso, una personalidad emocional aquietada no significa una persona fría, distante o que nunca se emociona. Significa una persona que ha aprendido a gobernar sus emociones para no convertirlas en una carga para los demás. Y esa serenidad genera uno de los mayores depósitos de saldo emocional.

Te preguntarás en este momento cómo se desarrolla. En mi experiencia existen tres entrenamientos diarios.

No convertirlo todo en un asunto personal

Uno de los mayores desgastes emocionales consiste en interpretar que todo gira en torno a nosotros:

  • Un comentario
  • Una crítica
  • Una reunión
  • Un gesto
  • Una mirada
  • Un correo electrónico
  • Un WhatsApp

Todo parece esconder un mensaje dirigido contra nosotros, y normalmente no es así. La mayoría de las personas están demasiado ocupadas resolviendo su propia vida como para dedicar tanta energía a pensar constantemente en la nuestra.

Imagina un director comercial que presenta una propuesta y el director general responde: “Creo que todavía podemos mejorarla”. Un líder emocionalmente impulsivo puede interpretar inmediatamente:

  • «No valoran mi trabajo».
  • «No confían en mí».
  • «Nunca es suficiente».

Sin embargo, otro líder puede hacerse una pregunta muy distinta:

  • «¿Qué parte concreta considera que puede mejorar?»

Como puedes observar, la situación es exactamente la misma. Lo único que cambia es la interpretación. Y esa interpretación determina toda la conversación posterior. Cuanto menos personalicemos las situaciones, más libres somos para comprenderlas objetivamente.

Y cuando dejamos espacio para comprender, dejamos espacio para responder con inteligencia. No se trata de dejar de sentir. Se trata de dejar de poner nuestro ego en el centro de todas las conversaciones.

¿Dónde podemos entrenar no convertirlo todo en un asunto personal?

  • En los pequeños momentos del día.
  • Cuando un cliente rechaza una propuesta.
  • Cuando alguien discrepa de una idea.
  • Cuando un colaborador cuestiona una decisión.
  • Cuando recibimos una crítica.
  • Cuando una reunión no sale como esperábamos.

Cada una de esas situaciones puede convertirse en un entrenamiento extraordinario.

La pregunta deja de ser: «¿Por qué me hacen esto?»

Y pasa a convertirse en: «¿Qué aprendizaje puedo obtener de esta situación?»

Ese pequeño cambio transforma por completo nuestra manera de relacionarnos.

Sustituir las interpretaciones por conversaciones

Nuestro cerebro tiene una extraordinaria capacidad para completar la información que le falta. El problema es que muchas veces la completa… inventándola. Y solemos llamar realidad a lo que es, únicamente, una interpretación.

¿Cuántas veces enviamos un WhatsApp y pasan dos horas sin respuesta? De repente, comienza la película.

  • «Seguro que está enfadado»
  • «Algo le ha molestado»
  • «Ya no quiere colaborar»
  • «Le habrá parecido mal»

Lo curioso es que, mientras nosotros llevamos media hora imaginando escenarios, la otra persona quizás simplemente esté conduciendo, dirigiendo una reunión o disfrutando de una comida con su familia. La realidad todavía no existe o no la conocemos. Solo existe nuestra interpretación.

Y las interpretaciones tienen una enorme capacidad para deteriorar relaciones que funcionaban perfectamente. Por eso conviene cambiar un hábito. Antes de completar la información… interpreta con objetividad. ¿Cómo?:

  • Preguntar antes de interpretar
  • Contrastar antes de concluir
  • Conversar. Las conversaciones aclaran. Las interpretaciones desgastan.

¿Dónde podemos entrenar sustituir las interpretaciones por conversaciones?

  • Cada vez que sintamos la tentación de terminar mentalmente una historia cuyos datos aún desconocemos.
  • En aquellas conversaciones que damos por resueltas demasiado pronto sin preguntar antes de concluirlas. Un líder excelente pregunta antes de concluir porque sabe que cinco minutos de conversación pueden evitar semanas de malentendidos.

Poner la imaginación a trabajar a nuestro favor

Existe una frase que siempre me ha hecho reflexionar y que leí en el libro Millonario instantáneo de Mark Fisher: “Cuando la imaginación y la voluntad entran en conflicto, la imaginación siempre vence”.

Nuestra mente posee una capacidad extraordinaria para crear escenarios. El problema es que muchas veces utiliza ese talento para fabricar preocupaciones. De pequeños, muchos recordarán haber tenido miedo por la noche. Nos tapábamos completamente con la sábana, dejando únicamente un pequeño espacio para respirar. Objetivamente, aquella sábana no nos protegía absolutamente de nada. Sin embargo, nos tranquilizaba. Nuestra imaginación nos hacía sentir seguros.

Eso demuestra el enorme poder que tiene. Ese mismo mecanismo continúa funcionando de adultos. Solo cambian los escenarios.

Ahora la imaginación aparece cuando:

  • Alguien tarda en responder un correo
  • Nos convocan a una reunión sin explicar el motivo
  • Nuestro responsable nos dice: «Necesito hablar contigo»
  • Un cliente tarda en responder sobre una propuesta

En cuestión de segundos somos capaces de construir una película completa. Y casi siempre con el peor final posible. La mayoría de esas historias jamás llegan a ocurrir.

Por eso, una personalidad emocional aquietada aprende a recordar algo muy sencillo: no confundir lo que imaginamos con lo que sabemos.

Porque cuando la imaginación, la interpretación y el ego trabajan juntos, las emociones toman el control. Y cuando las emociones toman el control, dejamos de administrar nuestra comunicación para empezar a reaccionar y responder desde la objetividad (Reacción vs. Respuesta, una herramienta abordada en la parte II de esta saga de artículos).

¿Dónde podemos entrenar poner la imaginación a trabajar a nuestro favor?

Cada vez que aparezca una preocupación sin evidencias. Pregúntate:

  • ¿Qué sé realmente?
  • ¿Qué estoy suponiendo?
  • ¿Qué estoy imaginando?
  • ¿Qué conversación necesito tener antes de sacar conclusiones?

Verás cómo la serenidad empieza a sustituir a la ansiedad. Y con ella crecerá también la confianza que los demás depositan en ti.

Una reflexión final

Este es el cuarto artículo de esta saga, en el que seguimos compartiendo herramientas para que tus palabras dejen huella y traspasen la barrera del tiempo. Para que tu comunicación esté en demanda y no en oferta. Para que tu mensaje no tenga que imponerse, sino que sea pedido, deseado y buscado.

Hoy hemos trabajado una herramienta profundamente transformadora: desarrollar una personalidad emocional aquietada, esa capacidad de generar calma antes incluso de comenzar a hablar.

En este camino, hemos compartido tres entrenamientos sencillos y poderosos:

  • No convertir todo en algo personal.
  • Sustituir las interpretaciones por conversaciones.
  • Hacer que la imaginación trabaje con nosotros, no en contra.

¿Y ahora qué?, te preguntarás

Te propongo detenerte unos minutos y hacerte estas preguntas:

  • ¿Qué situaciones suelo interpretar demasiado rápido?
  • ¿Cuántas veces reacciono a una historia que solo existe en mi cabeza?
  • ¿Qué conversación necesito tener para dejar de imaginar y empezar a comprender?
  • ¿Qué emociones dejo en las personas cuando terminan de hablar conmigo?

Porque recuerda:

Las personas no se acercan a nosotros por lo que sabemos. Se acercan por cómo se sienten cuando están con nosotros.

Y ahí comienza la verdadera influencia. Porque, al fin y al cabo, lo que bien se administra, crece. Y tu comunicación… también. Cuando tu comunicación crece bien, tus palabras dejan de perseguirse y empiezan a ser buscadas.

Sobre el autor

Francisco Javier González Galán

Coach, conferenciante y consultor organizacional con una trayectoria internacional avalada en management, liderazgo, habilidades directivas y gestión comercial. Es también un experto en comportamiento humano. Es licenciado en Gestión Comercial y Marketing por ESIC, Máster en Psicoterapia en tiempo limitado del IEPTL (Instituto Europeo de Psicoterapia en Tiempo Limitado), Certificado en Coaching por la Escuela Tavistock, Certificado en Coaching por la CTA, Certificado en Coaching por la International Coaching University y Certificado en Firewalking por el Firewalking Institute of Research and Education. Asimismo, es divulgador del mundo de la neurociencia con el propósito de dar a conocer cómo funciona nuestro cerebro y aprovechar dicho conocimiento en el desarrollo personal y de la organización en estrecha colaboración con la Academia de Neurociencia y Educación. Escribió el libro Coaching Inteligente: Método A.C.C.I.O.N. de la editorial ESIC.

Para conocer más sobre Francisco Javier González Galán: