La carta del director
Hace poco tuve el placer de ser invitado como conferencista principal a un evento empresarial en la ciudad de Santiago. El tema de mi intervención fue, claro está, el liderazgo.
Como suele sucederme antes de cada conferencia, hasta el último momento continué enriqueciendo el contenido. A veces incorporo una noticia publicada el día anterior que respalda alguno de mis planteamientos. En otras ocasiones, añado una reflexión con la que amanecí esa misma mañana. Incluso puede tratarse de algo que observo en el propio evento, minutos antes de subir al escenario, y que me ayuda a reforzar una idea.
Sin embargo, aquella mañana ocurrió algo que nunca me había sucedido. Mientras preparaba mi mochila para ir al evento, justo cuando guardaba la computadora, mi mirada se quedó fija en una pequeña placa que tengo sobre el escritorio. Esta lleva años ahí. Pero, por unos segundos, mientras la observaba, sentí como si el tiempo se hubiera detenido.
Entonces me llegó un pensamiento muy claro: «Inclúyela en la presentación». Le tomé una fotografía y la incorporé de inmediato.
La placa es una réplica de la que el presidente Ronald Reagan tuvo en su escritorio de la Oficina Oval. Cuando supe de su existencia y leí su mensaje, decidí adquirirla para mantener siempre presente lo que representa en mi accionar como líder.
La frase dice, y traduzco: «No hay límite para lo que una persona puede lograr ni hasta dónde puede llegar si no le importa quién se lleve el crédito».
Esta frase, atribuida al escritor británico Charles Edward Montague, constituye para mí una magnífica síntesis de la esencia del liderazgo. En apenas unas palabras, encierra un verdadero océano de enseñanzas sobre los principios que deberían regir la conducta de quien aspira a liderar. Les comparto otras tres enseñanzas que considero importantes, entre muchas otras.
La primera es que recibir el denominativo de líder representa un privilegio y un honor que deben estar regidos por un principio innegociable: estar al servicio de las personas que lideramos.
La segunda enseñanza es que resulta legítimo que un líder quiera brillar. Lo que sí debe tener claro es que su brillo es el reflejo de la luz de las personas que lo rodean. Dicho de otra forma, nuestra grandeza como líderes se forma ayudando a que cada persona descubra y proyecte su propia luz.
Y la tercera enseñanza es que debemos comprometernos a rodearnos de personas mejores que nosotros en algún aspecto, o que tengan la capacidad y el potencial de llegar a serlo. No existe mayor reconocimiento para un líder que saber que la persona que algún día lo sustituya, en buena lid, claro está, fue alguien a quien él mismo ayudó a formar.
Estas tres ideas tienen algo en común: todas nos obligan a renunciar, aunque sea parcialmente, a uno de los mayores obstáculos del liderazgo: el ego. Y eso no es fácil.
De hecho, las señales que recibimos a diario parecen indicarnos lo contrario. En las redes sociales, los negocios, la política e incluso en algunas organizaciones, vemos cómo se exalta a quienes se imponen a cualquier precio; a quienes les gana el pulso a todos; a quienes necesitan demostrar constantemente que son la persona más fuerte, más capaz o más importante de la sala.
También vemos a quienes utilizan y manipulan a los demás mientras les resultan útiles, y luego prescinden de ellos como si fueran desechables.
Algunas de esas personas pueden acumular poder, fama, dinero y reconocimiento. Incluso pueden proyectar una versión adulterada del éxito. Sin embargo, otra cosa, muy distinta, es ejercer liderazgo. Y nos toca a cada uno de nosotros elegir qué camino tomar…
En mi libro, Las 12 preguntas, la última pregunta es muy concreta: «¿Eres un líder?». En ese capítulo, planteo que no existe una combinación única y universal de atributos que defina a todos los grandes líderes. Cada uno es el resultado de sus fortalezas, experiencias, circunstancias y aprendizajes. Sin embargo, hay capacidades que considero indispensables. Permítanme, por tanto, hacerles estas dos recomendaciones:
Primera: conviértanse en filtros de presión. Las organizaciones siempre enfrentarán dificultades, incertidumbre, conflictos y momentos de alta exigencia. La responsabilidad del líder no consiste en actuar como un tapón que acumula toda la presión hasta que explota, ni como un amplificador que la multiplica y la descarga indiscriminadamente sobre su equipo.
Ser filtro de presión significa recibirla, interpretarla, regularla y canalizarla de la manera adecuada. Significa evitar que se convierta innecesariamente en ansiedad, desmotivación, desconexión o conflicto.
Un buen líder puede convertir el mayor de los problemas en un reto que movilice al equipo en lugar de paralizarlo.
Segunda: sean liberadores del potencial de los demás. Liderar no consiste en demostrar permanentemente cuánto sabemos o de qué somos capaces. Consiste en ayudar a otros a descubrir cuánto saben y de qué son capaces.
Eso exige prestar atención, escuchar, dar oportunidades, ofrecer retroalimentación, reconocer los avances y, sobre todo, confiar. A veces, una conversación, una responsabilidad nueva o un voto de confianza puede cambiar la trayectoria de una persona. Nuestro verdadero trabajo como líderes es hacer todo lo que esté a nuestro alcance para sacar lo mejor de cada ser humano que tenemos el privilegio de liderar.
Mi invitación es a cuestionarnos.
A preguntarnos si las personas que trabajan con nosotros crecen gracias a nuestro liderazgo o a pesar de él.
Si, cuando llega la presión, aportamos serenidad o multiplicamos la ansiedad.
Si el talento de quienes nos rodean nos entusiasma o nos amenaza.
Y si estamos formando personas capaces de continuar el camino cuando nosotros ya no estemos.
Demos los pasos necesarios para convertirnos en los líderes que nuestras organizaciones, nuestro país y nuestros tiempos necesitan.
El gran referente del liderazgo y el management, Javier Fernández Aguado, quien estuvo en la edición de nuestro evento The Leadership Summit 2025, me dijo en una entrevista para mi podcast una frase que me dejó pensando: «Al final, somos los libros que leemos y las conversaciones interesantes que sostenemos».
En ese sentido, quiero proponerles que se den el regalo de estar totalmente presentes, en cuerpo y mente, cada vez que tengan la oportunidad de aprender de una buena lectura, una conversación significativa o una conferencia memorable.
Y, sobre todo, que presten atención a la conversación que sostendrán consigo mismos. Es muy posible que de ella surjan reflexiones que transformen su forma de pensar y liderar.