Gestión de la violencia versus compasión en las organizaciones

«La manera como nos comunicamos con los demás y con nosotros mismos en última instancia determina la calidad de nuestra vida».  Anthony Robbins

Son demasiadas las veces que escucho en las organizaciones decir:

—Yo soy así y a mí que me aguanten.
—A mí me gusta trabajar así…. (Tu forma no vale)
—El otro es el responsable o culpable de todos mis males.
—La gente no se compromete como yo. (Mensajes genéricos)
—Hay que… Debes… Tienes que… (Órdenes encubiertas)
—Eres una persona… (Nunca va acompañado de un atributo positivo)

Culturalmente, hemos aprendido a comunicarnos con altos grados de violencia, produciendo inconscientemente un impacto dañino en nuestras relaciones. Es habitual que el emisor acostumbre a estar en posesión de la verdad y al receptor no le quede otra que asumirlo, sin poder aportar su propia opinión. En realidad, esta es la forma de comunicarse del ego, la máscara creada por nuestra mente a partir de las creencias y condicionamientos sociales para adaptarnos a los diferentes entornos. Del ego surge, además, el victimismo, la esclavitud, el miedo, la falsedad, el egocentrismo, la reactividad y la ignorancia, generando que nos convirtamos en un sucedáneo de quien en realidad somos y para nada tengamos en cuenta las razones y necesidades de los otros seres humanos.

Pero ¿qué es en realidad la violencia? La mejor manera de definirlo es como una ruptura de la armonía. Surge de nuestra parte animal. Por eso se dice también que es el signo del ser humano semidesarrollado, embrutecido, carente de evolución interior, de un ser que no se ha encontrado a sí mismo, que está muy lejos de su propia naturaleza y, por tanto, ni siquiera reconoce ni sabe expresar sus necesidades más profundas no satisfechas.

Creo que todos a veces somos violentos en nuestra forma de comunicarnos. Sobre todo, en aquellas situaciones en las que nos sentimos impotentes o desesperados, en las que pensamos que nuestras palabras no bastan para hacernos entender. Entonces nos volvemos insensibles y atacamos, gritamos o agredimos verbalmente con palabras o ironía. En esas situaciones, la violencia se vuelve contra nosotros mismos generando nueva violencia y desatando confusión y caos. Y así es como la mayoría de los conflictos entre individuos o grupos surge de la mala comunicación de sus necesidades humanas no satisfechas, propiciados por un lenguaje coactivo o manipulativo cuyo objetivo es inducir miedo, culpa, vergüenza, etcétera. Estos «violentos» modos de comunicación, cuando son usados en un conflicto, desvían la atención de los participantes lejos de clarificar sus necesidades, sentimientos, percepciones y peticiones, perpetuando así el conflicto.

Cuando el ser humano puede identificar sus necesidades, las necesidades de los demás y los sentimientos que rodean a estas necesidades, puede lograr la armonía.

El profesional de hoy ha de alejarse del egocentrismo, la intolerancia, la imposición, el irrespeto y la violencia —que no dejan de ser frutos del ego—, y dar un paso adelante en su evolución, en su consciencia. La fórmula es reconectar, en un plano más interno, con su auténtica esencia, pues solo ella le puede acercar a la responsabilidad, la libertad, la confianza, la autenticidad, el altruismo, la proactividad y la sabiduría, posibilitando que se convierta en la mejor versión de sí mismo. La esencia genuina dispone de todo lo que necesita para sentirse completo y pleno, por eso sólo actuando desde ella evitará la violencia en sus palabras, sentimientos y pensamientos, encontrará la paz, la tranquilidad y la serenidad que le ayudarán a sembrar la armonía en las organizaciones.

Uno puede ser energético, resistente, tenaz y hacerse respetar, sin ser violento. Es de esa forma que aflora la compasión natural en los seres humanos.

¿Qué es en definitiva la compasión? La compasión es la habilidad que tenemos de comprender el sufrimiento del otro y que responde al deseo de aliviarlo y reducirlo. El concepto de compasión es más simple y, a la vez, más intenso que la propia empatía ,y nos invita a querer ayudar y mitigar el sufrimiento ajeno.“Me importa tanto lo que estás sintiendo que siento un ímpetu natural a querer ayudarte a resolver tu problemática de fondo, dentro de lo que sea posible.

Es importante dejar constancia que compasión y lástima no son sinónimos. El matiz está en cuestionarnos desde dónde nos acercamos a ese ser humano que está sufriendo. Si nos acercamos desde el temor, sentiremos lástima, nos identificamos con su dolor, pero no actuaremos. Por el contrario, si nos acercamos desde el amor, sentiremos compasión y trataremos de poner los remedios para poder mitigarlo.

Hoy día, los profesionales compasivos son los únicos que se pueden situar por encima del conflicto, la fricción, los equívocos y los malentendidos, pues su forma de comunicación es constructiva, crean concordia e incitan al vínculo genuino. Son personas que están presentes al 100 % en la escucha, buscando siempre resonancia emocional y comprender las razones del otro, respetar sus tiempos y sus ritmos. Son seres equitativos, tolerantes, equilibrados, que transmiten paz y siembran armonía, con firmeza, en sus intervenciones.

En definitiva, la comunicación compasiva es un ir desde adentro hacia afuera, registrando y conociendo lo que pasa para poder centrarse en la escucha, la empatía y el respeto que llevan a la compasión. Es comunicar desde la calidez, la afabilidad, dando desde el corazón y, desde allí, atender necesidades propias y ajenas. Precisa de paciencia, compromiso y perseverancia: paciencia porque los resultados no siempre se constatan a corto plazo y la tendencia a enjuiciar, reprochar, exigir o enmudecer tiene al principio mucha más fuerza que la capacidad de conectar con la parte compasiva y hablar desde la misma.