Revisitando la ética…
Acababa de terminar un interesante panel sobre ética en un importante evento de RR. HH. Mientras salía del salón de conferencias para dirigirme a una reunión durante el almuerzo, una profesional que aprecio mucho me solicitó una breve entrevista para su prestigioso pódcast, que se estaba grabando en vivo durante el evento. A pesar de la apretada agenda que tenía por delante, accedí gustoso a apoyar tan encomiable y valiosa iniciativa.
El tema de la pregunta fue precisamente la ética. Aproveché ese espacio para comentar algo que me estuvo dando vueltas en la cabeza durante todo el panel: “Nos estamos quedando muy en la periferia o en la superficie a la hora de abordar el tema de la ética”.
Según mis impresiones, al hablar sobre ética en las organizaciones y en los círculos profesionales o empresariales, en un altísimo porcentaje de las ocasiones nos enfocamos en acciones asociadas a la sustracción, el desvío y el mal uso intencional de recursos económicos. Y, en el mejor de los casos, también al hurto de información confidencial. Si bien todos esos casos son evidentemente acciones reñidas con la ética y revisten una enorme importancia, para mí no son las únicas acciones antiéticas que existen. La dura realidad es que, en nuestra cotidianidad, existe un conjunto de acciones, en su mayoría realizadas de forma inconsciente o no intencional, que también constituyen robos. Y, por ende, son acciones antiéticas.
A fin de cuentas, robar no siempre implica sustraer dinero. También se puede robar tiempo, oportunidades, confianza, compromiso, crecimiento y potencial.
Quisiera motivar la reflexión, o incluso el debate sano, sobre algunas de las preguntas que me hago constantemente respecto a comportamientos no éticos que, lamentablemente, vemos como normales y como práctica común. A continuación, les comparto algunos:
- Cuando en un trabajo o proyecto, sin causa justificada, das menos de lo que estás en capacidad intelectual de ofrecer sin poner en riesgo tu integridad física y emocional, ¿estás siendo ético? En primer lugar, le estás quitando la oportunidad a alguien que quizás esté dispuesto a valorarlo más que tú y, en segundo lugar, le estás usurpando a la empresa un porcentaje del dinero que te paga, contando con tu 100 %.
- Cuando no cuidamos los recursos de la organización, incluso más que si fueran nuestros (con lo nuestro tenemos la prerrogativa de hacer lo que nos plazca), ¿estamos siendo éticos al hacer que la empresa erogue, antes o más de lo necesario, recursos que podría destinar a otros fines?
- Cuando nuestra decisión ya está tomada con respecto a un proveedor y, para “cumplir requisitos”, solicitamos dos cotizaciones más, sabiendo de antemano que no es nuestra intención escogerlas, ¿estamos siendo éticos al robarles a esos otros dos potenciales proveedores su activo más valioso: su tiempo?
- Cuando contratamos, como proveedor o empleado, a un amigo o excompañero de estudios o de trabajo en una empresa ajena, sin validar si realmente es la mejor opción, ¿estamos siendo éticos al robarle a la empresa la mejor alternativa y el mejor retorno posible sobre su inversión y sus expectativas?
- Cuando, como líderes, con nuestro comportamiento, no contribuimos a generar un clima y un ambiente en el que las personas no solo puedan explotar al máximo su potencial, sino que también sea un lugar al que todas quieran ir todos los días a dar su 100 %, no solo estamos robándoles su ilusión y desarrollo, sino que estamos privando a la empresa de un crecimiento posible que no está logrando.
Y si sigo con los ejemplos, no termino.
Mi exhortación es a que evaluemos todas nuestras acciones en las organizaciones bajo la premisa de que ninguna es neutral: o suman o restan, por más inofensivas que parezcan. Y si restan, es probable que, sin darnos cuenta, estemos siendo antiéticos.
Quizás el verdadero desafío de la ética no consista únicamente en evitar hacer el mal, sino también en preguntarnos con honestidad si estamos haciendo todo el bien a nuestro alcance. Porque, al final, la ética no se manifiesta únicamente en las grandes decisiones que tomamos de forma excepcional, sino también en los pequeños actos cotidianos que repetimos una y otra vez y que terminan definiendo quiénes somos, qué tipo de profesionales somos y el impacto que dejamos en las personas y las organizaciones que nos rodean.