La rentabilidad de lo correcto…

Al momento de recibir de parte de los representantes centroamericanos el pago que nos correspondía ese primer año, notamos que la suma no coincidía con el monto acordado en el contrato. Notificamos esta situación a nuestro contacto en la empresa, dando inicio así a un intercambio de emails en ambas direcciones. Decepcionado cada vez más con las respuestas recibidas, redacté un último correo en el que le pedía a la persona de contacto que, como entendía que aquella no era una decisión suya, por favor le extendiese mi opinión a sus superiores. Le hice la salvedad de que para mí este capítulo quedaba cerrado con ese email, ya que el monto no ameritaba seguir dedicando más tiempo y energías.

A las pocas horas de enviado este mensaje, recibí un email del presidente de la empresa indicando que lamentaba mucho esas diferencias y que él se sentía responsable de preservar lo más importante, que era la relación con nosotros. Me indicó también que a título personal concordaba conmigo y que, aunque su socio no quería asumir esa diferencia, para que no quedase un sinsabor entre nosotros, ellos la pagarían.

Seguirles dando detalles de nuestra “conversación cibernética” posterior no tiene mucho sentido, pero relatarles cuál fue el desenlace sí lo tiene: en la actualidad, quien me escribió ese email es un gran amigo y aliado con quien al día de hoy hemos desarrollado numerosas iniciativas exitosas y altamente gratificantes. De hecho, mientras escribo estas palabras, este gran amigo se encuentra en el país trabajando en varios proyectos y programas conjuntos.

El motivo de esta breve historia es incitar a las siguientes reflexiones: ¿Qué hubiese pasado si, ante la diferencia en el pago, yo no hubiese sido asertivo y no hubiese planteado educadamente mi desacuerdo, y, por el contrario, hubiese cortado la relación sin dar ninguna retroalimentación? ¿Qué hubiese pasado si este señor no hubiese redactado ese email con ese mensaje conciliador asumiendo el pago faltante? ¿Qué hubiese pasado si, a pesar de recibir el pago, yo hubiese asumido una posición orgullosa y hubiese cortado tajantemente las relaciones? ¿Y qué hubiese pasado si, luego de aquel incidente, yo no me hubiese reunido con él para conversar durante una visita suya al país? La realidad es que no puedo dar una respuesta exacta a esto, pero sí puede decir que ambos nos hubiésemos perdido de un amplio intercambio de experiencias y conocimientos, de una beneficiosa relación de negocios y, sobre todo, de una gran relación de amistad. Dicho de otra forma, el que ambos hayamos hecho lo justo en su momento fue definitivamente una decisión muy fructífera y rentable.

También, he querido contar esta anécdota porque vivimos en una sociedad donde son tantas y tan frecuentes las malas noticias que muchos han llegado a desarrollar la percepción arraigada de que los que hacen lo incorrecto se salen con la suya, que los incumplidores no sufren consecuencias, que ser injusto es altamente rentable y que faltar a la palabra no tiene consecuencias. De hecho, algunos incluso consideran que hoy día ser serio, honesto, formal y transparente, más que una ventaja, es un hándicap. La gran realidad es que en este mundo que es redondo, todo el bien o el mal que hacemos termina de una forma u otra regresando a nosotros multiplicado.

Por último, quisiera exhortar a que, salvo que nuestra integridad o nuestra honorabilidad esté en juego, asumamos los desacuerdos con una actitud abierta, proactiva y receptiva. Y salvo que sea muy evidente lo contrario, demos el beneficio de la duda a las personas. Pero, sobre todo, que ante dos opciones, siempre escojamos hacer lo correcto, pues en el mediano y largo plazo siempre será la mejor decisión…