Nunca rendirse…

Hace unos años, coincidí con una prestigiosa doctora del país en una actividad. Por algún motivo, durante la conversación, surgió el tema del golf, deporte en el que ella es muy destacada y con el que, al día de hoy, sigo batallando. Le comenté que el haber empezado tarde a practicar este deporte no jugaba a mi favor, pues, aparte de que no tenía la práctica acumulada y la memoria muscular, mis múltiples responsabilidades y compromisos no me permitían un ritmo de práctica consistente. Y mi planteamiento era que, a estas alturas, quizás iba a resultar muy retador alcanzar un nivel de juego de excelencia. La conversación, más que derivar en una cátedra de golf (que es probablemente lo que yo necesitaba…), terminó siendo una cordial lección sobre por qué nunca debemos darnos por vencidos con algo.

Para ilustrar su punto, la doctora utilizó el ejemplo de su padre, quien, durante muchos años, fue el principal ejecutivo de una importante constructora en el país y luego dirigió su propia empresa del rubro. Me indicó que a los 73 años su padre decidió dejar el trabajo formal para dedicarse a las asesorías, labor que fue gradualmente mermando al punto de que, cuatro años más tarde, se sentía desmotivado por no tener un reto. En medio de aquel limbo productivo, en plenas facultades y reforzado por su plena convicción de que tenía mucho por aportar todavía, tuvo varios acercamientos proactivos con varias universidades con el objetivo de poder impartir clases. Todos fueron infructuosos, contribuyendo esto aún más a su desánimo.

Unos meses después de su acercamiento fallido a una universidad, persuadido por su yerno, aprovechó un encuentro fortuito en un evento social con un alto directivo de una prestigiosa casa de estudios para plantearle su interés en dar clases. La idea no solo fue acogida positivamente, sino que, al día de hoy, con más de ochenta años, este señor es el profesor más valorado de la carrera de ingeniería e imparte seis materias prácticamente el día completo. Pero no solo eso: en plena pandemia no solo logró adaptarse a la virtualidad, sino que pudo mantener sus altos estándares docentes. Esta relación es lo que yo denomino un verdadero ganar – ganar. Por un lado, esta universidad ganó un profesor altamente preparado, apasionado y comprometido y, por el otro, este señor encontró un nuevo propósito en su vida.

Esta historia del padre de la doctora la recordé mientras veía un episodio de la serie de golf  Full Swing de Netflix. En ese episodio, Justin Thomas, un prestigioso jugador norteamericano, ganó la ronda final del campeonato de la PGA luego de varios errores graves en un hoyo que hubiese sacado a cualquiera de concentración, lo cual lo puso en camino a perder ese juego y el torneo. Sin embargo, él no permitió que ese hoyo fatídico definiera el resto de su juego. Manteniendo la compostura y la concentración, hizo maravillas en los siguientes hoyos y ganó.

Ambas historias, como muchas otras que no solo conocemos, sino que probablemente hemos vivido en carne propia, nos evidencian que nunca debemos rendirnos y perder las esperanzas, pues nunca sabemos lo que nos espera a la vuelta de la esquina. Y solo basta que nos mantengamos firmes, comprometidos y enfocados en nuestra meta. Tal como indico en mi libro Las 12 preguntas, “la suerte es ciega y solo ve a las personas cuando están en movimiento”. Así que, a pesar de que no veamos en algunas situaciones la luz al final del túnel, debemos mantenernos firmes en el camino. Y, claro está, estar dispuestos a hacer ajustes en el camino.

Algunas personas al leer esta carta me argumentarán mentalmente mis planteamientos recordando que en algún momento las cosas no les salieron como querían a pesar de haber permanecido enfocadas y haber dado su máximo esfuerzo. Mi respuesta es que esto es así, pues el que perseveremos en nuestros objetivos no es garantía de que obtengamos siempre lo que queremos. Pero sí les puedo asegurar dos cosas: la primera es que el solo hecho de desarrollar y fortalecer el músculo de la persistencia en cada una de las metas que nos propongamos nos pondrá en evidente situación de ventaja para lograr otras metas; la segunda es que, al igual que con el caso de Justin Thomas, un retroceso o fracaso no debe definir nuestro accionar a futuro, pues quizás este es la antesala para algo mucho más trascendente y grandioso. Y recuerde esta frase de Truman Capote: “El fracaso es el condimento que da al éxito su sabor”.

Sobre el autor

Ney Díaz

Presidente de las firmas de capacitación INTRAS y Skills, así como presidente y editor en jefe de la revista Gestión. También es presidente de Summit, empresa dedicada a la organización de eventos corporativos. Adicionalmente, es asesor senior para la República Dominicana de los Programas de Educación Ejecutiva del IE Business School. Tiene un máster en Administración de Empresas (MBA) del ICADE (Universidad Pontificia de Comillas), España, y un posgrado en Transferencia de Tecnología y Administración de la Maastricht School of Management (MSM), en Maastricht, Holanda. Es ingeniero industrial por el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).

Como autor, ha publicado el libro Las 12 preguntas. Puede encontrar más de los escritos de Ney Díaz en su blog en https://neydiaz.com/blog y en su cuenta de Twitter @neydiaz.