Carta del director: Hablando de reinvención…

Esta conversación tuvo lugar a mediados de 1997 entre un gran amigo y yo.

 

—Ney, te cuento, hermano, que al final del verano arranco a estudiar derecho.
—¿Cómo así? ¿A estudiar de nuevo en la universidad?
—Ya lo sabes. Así mismo como lo escuchaste.
—¡Pero tú acabas de terminar una carrera en negocios con una especialidad en finanzas en los Estados Unidos! ¿Por qué estudiar otra carrera desde cero en vez de hacer una maestría?
—Como sabes, en los últimos años he visto a personas cercanas atravesar algunas situaciones legales y me di cuenta de la importancia de conocer a fondo las leyes y dominar el derecho.
—Uao, amigo, qué enorme decisión. ¿Y no te intimida un poco entrar a estudiar con adolescentes a los que les llevas siete años?
—En lo absoluto, hermano.
—Pues, buena suerte y éxitos con esta nueva meta.

 

Tal como me lo indicó, mi amigo entró ese septiembre a la universidad, compartiendo clases con jóvenes recién graduados de secundaria. Y así lo hizo durante los siguientes cinco años. Y digo cinco años porque, a mitad de la carrera, tuvo que parar por un año por motivos personales y laborales, y, contrario a lo que las estadísticas demuestran, reinició sus estudios y los terminó.

Lo más interesante de esta historia es que mi amigo no solo terminó la carrera de derecho, sino que se identificó y apasionó tanto con ella que, al terminarla, dio un giro radical a su trayectoria profesional para dedicarse 100 % a ejercer la abogacía. Y para más mérito aún, esto lo hizo pasando directamente del salón de clases a un bufete de abogados propio. Es decir, sin haber trabajado antes en una oficina de abogados. Hoy día, mi amigo tiene, conjuntamente con su socio, una exitosa práctica legal, con importantes clientes y relevantes casos en su currículo.

En días pasados, mientras ambos recordábamos su impactante «pivotaje» profesional, le pregunté cómo tuvo la osadía de lanzarse a ejercer el derecho a sus 30 años de edad y sin haber tenido experiencia práctica. Su respuesta fue aún más encomiable. Me indicó que su enfoque durante sus estudios de negocios y finanzas en los Estados Unidos combinado con las situaciones legales de allegados en las que tuvo que involucrarse para apoyarles mientras estudiaba derecho y su experiencia laboral en el mundo empresarial le hacían sentirse más que preparado para lanzarse. Él, viéndolo en retrospectiva casi 20 años después de aquella valiente decisión, me dijo que, definitivamente, valió la pena.

Aunque nunca se lo he dicho a mi amigo (lo sabrá cuando le comparta este editorial), su ejemplo me ha inspirado a tomar decisiones a pesar de que la voz interior me decía: «Y, a estas alturas, ¿para qué vas a hacer eso?». Un ejemplo es el empezar a aprender un tercer idioma a mis 50 años. Sin tener una bola de cristal, me atrevería a decir que todo el que está leyendo estas líneas alguna vez desistió mental o físicamente de hacer algo porque entendía que, a esas alturas, sus probabilidades de éxito estaban limitadas. Y no me refiero a decisiones basadas en la edad. Estas decisiones van desde descartar acometer un proyecto personal hasta montar una empresa, pasando por cambiar de empleo. O, por citar otros ejemplos, abandonar una relación tóxica, iniciar un régimen de ejercicios o aprender a tocar un instrumento.

Mi exhortación es a que no veamos nuestra vida de forma lineal. Lo que somos y hacemos ahora o dónde y cómo estamos no son condiciones que obligatoriamente deben perpetuarse hasta la eternidad. Ni siquiera nuestra forma de ser como personas es una condición inamovible. Todo en nuestra vida puede ser objeto de una reinvención o replanteamiento. Basta con proponérnoslo y lanzarnos con la fuerza de voluntad y entereza de mantenernos en ese camino, siempre y cuando entendamos que es el correcto. Y no importa lo que digan los demás.

En resumen, no veamos nuestra vida como una fórmula fija, sino como un lienzo en blanco que solo necesita de nosotros para transformarse en algo maravilloso. Y usted, ¿cómo se ha reinventado alguna vez?